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8 de enero de 2009

No por mucho madrugar amanece más temprano

Si yo fuera Stephen King y este fuese un mundo fantástico, me entrarían los siete males al ver publicado este libro... sobre todo por quien lo firma:




Visto en "La république des livres", el estupendo blog de Pierre Assouline.

2 de enero de 2009

Mi resumen lector de 2008


Me gusta anotar los libros que voy leyendo cada año. Es una de las pocas manías "contables" que tengo, pero no me despisto con ella casi nunca. No es que no sepa si he leído un libro o no (siempre me acuerdo, o casi), pero ver cómo la lista va engordando durante el año es, no sé, una especie de "aliciente".

Aquí va la lista del año (ya) pasado. No han sido tantos libros como otras veces, pero tampoco es que ande buscando superar mi marca de... (no me acuerdo, puede que unos 50). Desde que he aprendido a implementar la sana costumbre de "si no te gusta, déjalo", el tiempo me cunde mucho más, eso sí:

  1. Labia, de Eloy Tizón
  2. Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón
  3. Tokio blues, de Haruki Murakami
  4. Nocilla experience, de Agustín Fernández Mallo
  5. Fuga sin fin, de Joseph Roth
  6. Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño
  7. Las interioridades, de Felix J. Palma
  8. Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas
  9. Skins, de Alfonso Fernández Burgos
  10. La vida ausente, de Ángel Zapata
  11. No logo, de Naomi Klein
  12. Sicilia, invierno, de Ignacio Ferrando
  13. The plot against America, de Philip Roth
  14. Brideshead revisited, de Evelyn Waugh
  15. The age of innocence, de Edith Wharton
  16. Derrumbe, de Ricardo Menéndez Salmón
  17. Le parfum d'Adam, de Jean-Christophe Rufin
  18. Chesil Beach, de Ian McEwan
  19. Mil cretinos, de Quim Monzó
  20. Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa
  21. Los perros de Tesalónica, de Kjell Askildsen
  22. Oficios, de Juan Carlos Márquez
  23. The black prince, de Iris Murdoch
  24. The brief wondrous life of Oscar Wao, de Junot Díaz
  25. All the sad young literary men, de Keith Gessen
  26. La historiadora, de Elisabeth Kostova
  27. The yiddish policemen union, de Michael Chabon
  28. La casa de los encuentros, de Martin Amis
  29. Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón
  30. Vida y destino, de Vasili Grossman
  31. Brief interviews with hideous men, de David Foster Wallace
  32. El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza
  33. Remedio para meláncólicos, de Ray Bradbury
  34. Macbeth, de William Shakespeare
  35. La metamorfosis, de Franz Kafka
  36. Consider the lobster, de David Foster Wallace
  37. El mapa del tiempo, de Feliz J. Palma
  38. El vacío y el centro, de Ángel Zapata
  39. La ofensa, de Ricardo Menéndez Salmón
  40. Norteamérica profunda, de Juan Carlos Márquez
Y algunos libros de poesía que, como es mi costumbre (buena o mala, vete a saber), empiezo y retomo de vez en cuando. Entre otros (la lista completa es mucho más larga, pero aún estoy a la mitad o a la décima parte de casi todos):
  1. Reparación, de C.K. Williams
  2. El canto, de C.K. Williams
  3. Haikus, de Jack Kerouac
  4. Poesía completa, de Sylvia Plath
  5. Pequeños accidentes caseros, de Berna Wang
  6. Dinero, de Pablo García Casado
  7. Mercado Común, de Mercedes Cebrián
  8. Poesía de W.H. Auden

Lo cierto es que, relecturas aparte, este año no ha sido espectacular. Tendría que decir que la novela que más me ha gustado ha sido "Derrumbe" y después "The yiddish policemen union" y que tal vez me gustó tanto porque no esperaba de ella nada en particular. Aunque también me gustaron mucho "Skins" y "Pantaleón y las visitadoras" y, por supuesto, el es-tu-pen-do libro de cuentos siciliano de mi "mentor cuentístico" :)

Me decepcionó en grado sumo Murakami... otra vez ("Tokio blues"), y eso que ya sabía a lo que iba (tch tch tch para mí!). Tampoco me entusiasmó la 2ª parte de la Nocilla. Ian McEwan consiguió aburrirme en poco más de doscientas páginas de una edición minúscula. Iris Murdoch empezó muy muy bien y luego se desinfló. A Martin Amis lo dejé a la mitad, lo mismo que quise hacer con Joseph Roth y no pude porque no me quedaba más remedio que leerlo (sic). 

Félix J. Palma me gusta infinitamente más en los cuentos que en la novela (por dios, Félix, vueeelve!!!). Grossman por supuesto me emocionó, pero no guardo un recuerdo intenso de su "Vida y destino", tal vez porque lo leí durante un espacio de varios meses y la impresión quedó diluida en el tiempo. Vila-Matas, en mi segundo asalto (en el 2007 intenté "Doctor Pasavento"... y ahí sigue, en el intento), me gustó mucho, y allá voy por el tercero ("Dietario voluble"), que ya quedará para la lista del 2009.

Pequé de encefalograma plano con la vampiresa Kostova (sí, sé que no debería confesarlo, pero... ¿quién no tiene una debilidad mental de vez en cuando?). Me fié de la bonita cubierta del libro de Keith Gessen y casi lo acabo tirando por la ventana. No pude terminar con el panfleto político-mediático-sociológico de la señorita (??) Klein. Eloy Tizón me gustó sin que terminase de entenderlo, como siempre --podría decir lo mismo de Ángel Zapata. A Bolaño no acabé de cogerle el gusto, aunque lo seguiré intentando.

Mi primer Philip Roth no fue lo que esperaba (puede que lo eligiese mal). Lo mismo que el último Pulitzer Óscar Wao y todas sus referencias freakies (que entendía, dios, estoy enferma). Me ratifiqué en que Eduardo Mendoza no me hace ni pizca de gracia y en que hay algunos clásicos que nunca me cansaré de leer, aunque me provoquen pesadillas de manos manchadas de sangre ("Macbeth") o bichos repugnantes ("La metamorfosis").

Este año 2009 que empieza me he propuesto terminar todo lo que tengo empezado. Ya es bastante por lo menos para el primer trimestre. Y releer a los rusos. Ese es propósito del año pasado, pero se me cruzó el señor Grossman por el medio (que sí, es ruso, pero no de esos rusos barbudos y con mala leche a los que me refiero) y se me olvidó.

Y también, seguir leyendo lo que me apetece en cada momento. Aunque luego el resultado sean listas tan de mezclilla como esta.

Ala, al trabajo. 


PD: La foto es del duomo de Catania. Apostaría que los dos amorcillos regordetes no están leyendo a Chuck Palahniuk :D

1 de diciembre de 2008

Conversación entre las ruinas, de Sylvia Plath


Hace nada más que un par de semanas que compré la edición de Bartleby de la poesía completa de Sylvia Plath, y ayer, después de leer los dos prólogos (el de Ted Hugues y el del traductor Xoán Abeleira) solo me dio tiempo a leer el primer poema, que es este:

Conversación entre las ruinas

Cruzando el pórtico de mi elegante casa, entras majestuoso,
Con tus salvajes furias, desordenando las guirnaldas de fruta
Y los fabulosos laúdes y pavones, rasgando la red
De todo el decoro que refrena el torbellino.
Ahora, el lujoso orden de los muros se ha desmoronado; los grajos graznan
Sobre la espantosa ruina; bajo la luz desoladora
De tu mirada tormentosa, la magia huye volando como una bruja
Acobardada, abandonando el castillo cuando los días reales amanecen.

Unos pilares resquebrajados enmarcan este paisaje de rocas;
Mientras tú te yergues heroico, con chaqueta y corbata, y yo permanezco
Sentada tranquilamente, con una túnica griega y un moño a lo Psique,
Enraizada en tu negra mirada, la obra se vuelve trágica:
Después de la plaga que ha asolado nuestra heredad,
¿Qué ceremonia de palabras puede enmendar todo este estrago?

And now for something (not) completely different... in English:

Conversation Among the Ruins

Through portico of my elegant house you stalk
With your wild furies, disturbing garlands of fruit
And the fabulous lutes and peacocks, rending the net
Of all decorum which holds the whirlwind back.
Now, rich order of walls is fallen; rooks croak
Above the appalling ruin; in bleak light
Of your stormy eye, magic takes flight
Like a daunted witch, quitting castle when real days break.

Fractured pillars frame prospects of rock;
While you stand heroic in coat and tie, I sit
Composed in Grecian tunic and psyche-knot,
Rooted to your black look, the play turned tragic:
Which such blight wrought on our bankrupt estate,
What ceremony of words can patch the havoc?

Y, después de leerlo en español, lo leí en inglés, y de nuevo en español dos veces, tres más en inglés, buscando tanto las diferencias como las exactitudes (yo soy lo más lejano a una traductora que hay, pero el penúltimo verso: "which such blight..." no me termina de convencer en español; aunque el sentido no se pierda, es tan distinto).

Cuanto más lo leía, más me parecía entrar en la atmósfera del poema, más me internaba en un universo que ni es el mío ni me pertenece, pero que puedo rozar con las yemas de los dedos a la vez que rozo la página. Cuanto más lo leía, más lo interiorizaba, pese a que soy tan lega en cuestiones poéticas que se me escapa casi todo el significado de las cosas.

Qué difícil es traducir la poesía. Qué fácil es perder las imágenes, qué casi imposible mantener la sonoridad y el ritmo. Cómo me gustaría conocer todos los idiomas del mundo para poder leer todos los poemas tal y como fueron concebidos.

Esta noche, otro poema.

23 de noviembre de 2008

In mediaS (;-)) res


Me fascina el frío. He legado a veces a pensar que el frío dice la verdad sobre la esencia de la vida. Detesto el verano, el sudor de las suegras despatarradas por las arenas del circo de las playas, los arroces al sol, los pañuelos para el sudor. Me parece que el frío es muy elegante y se ríe de una manera infinitamente seria. Y el resto es silencio, vulgaridad, hedor y gordura de caseta de baño. Me fascinan los copos suspendidos en el aire. Amo las ventiscas, la espectral luz de la lluvia, la azarosa geometría de la blancura de las paredes de esta casa, donde reina el más gélido frío existencial.

Enrique Vila-Matas, Dietario voluble

3 de noviembre de 2008

El frenesí creativo, esas novelas que no tendría que comprar y, por supuesto, el presidente de los EEUU

Hace unos días, Manu apuntaba en su blog a ese problema que tenemos los que intentamos escribir (no todos, pero bastantes): cómo ser prolífico y no morir en el intento. Daba el ejemplo de Ray Bradbury, que tenía que producir todo lo que podía en un sitio donde alquilaban máquinas de escribir por horas. Y yo me acordé de Georges Simenon, que escribía sus novelas del comisario Maigret en 11 días, sin parar ni un momento, ni siquiera a rascarse la nariz.

Después me vino a la cabeza el NaNoWriMo (National Novel Writing Month), un evento que consiste en un montón de gente que se pone a escribir una novela de mínimo 50000 palabras durante el mes de noviembre. ¿Frenesí creativo,o locura global? Hablo un poco más de ello en mi columna de esta quincena.

Creo que no todos somos susceptibles de ser poseídos por el mismo tipo de frenesí creativo. Creo que el modo de crear es terriblemente dependiente de la idiosincrasia de cada cual, de sus manías, de sus horarios y costumbres y, por supuesto, de sus posibilidades (tanto materiales como intelectuales). Admiro lo prolífico que es Bradbury, pero al mismo tiempo admiro la precisión matemática de Rulfo, que publicó tan poco, pero tan bueno.

Lo que no admiro en absoluto es la verborrea de Jed Rubenfeld y su infumable interpretación del asesinato. Ganas me dan de interpretar su asesinato, literariamente, por supuesto. Después de 50 páginas ya estaba a punto de que se me cayera el libro de las manos. Decidí darle 100 páginas más (tiene como 600). Todavía no he llegado a ese hito, pero estoy a punto de dejarlo anyway. Qué cambios de punto de vista más sensacionales (y más chapuceros) en medio de las escenas. Qué imagenes de Sigmund Freud tan tópicas. Qué narradores mezclados tan incoherentes. Qué trampas a cuenta del asesinato. Qué forma tan burda de intentar captar la atención del lector adelantándole con un narrador en tercera persona lo que el protagonista en primera no puede ver. Pfffff. Lo dejo pero ya.


Y claro, no puedo cerrar esta entrada sin hablar de las dichosas elecciones americanas. No sé si me alegro de que haya ganado Obama --al fin y al cabo, en lo que a nosotros y a nuestra pequeña porción del planeta concierne, dudo mucho que nada vaya a cambiar de forma sustancial. Pero hay que reconocer que los americanos sí que saben organizar unas elecciones. Aquí jamás podría pasar algo parecido. Y mucho menos lo de McCain ofreciendo su ayuda al nuevo presidente. Vamos, creo que me caería al suelo de la sorpresa si llego a verlo por estos lares.

7 de septiembre de 2008

Tercer asalto


Expiraba una tarde sumamente calurosa de comienzos de julio cuando un joven abandonó el cuartucho que alquilaba en el pasadizo S. y encaminó sus pasos, lentamente y como indeciso, hacia el puente K.

Había tenido la suerte de eludir el encuentro con su patrona en la escalera. Su cuchitril, que más parecía un armario que una habitación, se hallaba justo bajo el tejado de una casa de cinco plantas. El apartamento de su patrona, quien, además de alojamiento, le proporcionaba pupilaje completo, daba al rellano del piso inferior, de modo que nuestro joven había de pasar por fuerza, siempre que salía a la calle, por delante de la puerta de su cocina, habitualmente abierta de par en par. Y cada vez que esto sucedía, el joven experimentaba cierta vergonzante impresión de malestar y cobardía que le hacía torcer el gesto. Estaba muy entrampado con la patrona, y temía tropezarse con ella.

P.D.: Alguna vez tendría que hacer, como he visto por ahí, una lista de los libros que he intentado leer una y otra vez y con los que (aún) no he podido. Aunque solo sea por eso de la catarsis, preciosa palabra.

22 de agosto de 2008

Lecturas veraniegas (entre todo lo demás)

Solo un breve paréntesis en la "rutina" vacacional de dormir + piscina + comer + siesta + siesta + comer + dormir.

Estoy leyendo mucho. Empecé con Junot Díaz, de cuya novela en spanglish me gustaría hacer un comentario más detallado en cuanto vuelva.


Luego sufrí para terminar "All the sad young literary men", que había comprado por Amazon porque me gustó la portada y el título, pero que ha resultado bastante tostón. Otro día disertaré escupitajísticamente sobre algunas primeras novelas que tienen un tufillo inevitable a experiencias personales pasadas por el tamiz del Word.



Ahora estoy dándole al bueno de Michael Chabon. Mi primera experiencia. De momento bien, divertida. Me apetecía leer novela negra y, aunque este sindicato de policía yiddish no es exactamente lo que esperaba, es muy entretenido.


A ver si me lo termino en un par de días, que me está esperando David Foster Wallace, mi nueva tradición veraniega.



15 de junio de 2008

Presentación de Sicilia, Invierno


Este jueves en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés, Ignacio Ferrando presenta su nuevo (y estupendo) libro. No hay que perdérselo.

26 de mayo de 2008

Pequeños accidentes caseros, Berna Wang

Por fin me he hecho con este libro. Llevaba en mi cartera de "deseados" desde que leí uno de los poemas que lo integran, por ahí, ya ni recuerdo dónde, ni cuándo. Solo que fue hace mucho y que, periódicamente, me vuelve a la cabeza, una fijación de esas de las que no consigues desprenderte del todo.

El poema era este, que reproduzco aquí porque me parece maravilloso.

Pequeños accidentes caseros

Me hice un tajo en un dedo cuando cocinaba.
Luego me despellejé otro dedo al abrir una botella.
Hoy me he raspado la pierna con el pico de la mesita.
Así que me he puesto seria:
he reunido en asamblea a todos los objetos de mi casa
y les he dicho que ya sé
que me muero de la pena,
que tengo el corazón en carne viva,
que ya sé
que no soy más que una herida que sangra tristeza,
que hasta respirar me duele porque él no me ama
como le amo yo;
en fin: que no hace ninguna falta, les he dicho,
que me lo recuerden también ellos
cada día.

Berna Wang, Pequeños accidentes caseros
adamaRamada ediciones, 2004

20 de mayo de 2008

Sicilia, invierno

Tengo que confesar, sin ninguna vergüenza, que formo parte del club de fans de Ignacio Ferrando.

Supongo que la cosa empezó, allá por el verano de 2006, cuando, junto con otros compañeros, me apunté a un taller de "Creatividad y Literatura" en la Escuela de Escritores. El curso duraba un mes, tenía varios profesores y Nacho daba dos clases. Entonces a mí ya me sonaba su nombre como ganador de varios premios importantes, aunque casi todos los que estábamos en aquel curso éramos novatos en esto de los talleres y muchos nombres del mundillo del relato actual nos sonaban a chino.



La experiencia fue tan buena que varios de nosotros acabamos en el siguiente Curso de Relato que daba Nacho en la escuela y que empezaba en otoño. Puede decirse que ahí empezó nuestra pequeña secta.

Nacho ha sido más que un excelente profesor para nosotros (si alguno de los compañeros se pasa por aquí, podrá atestiguarlo). Ha sido otro compañero más, con el que hemos compartido lecturas, cañas y alguna que otra inocentada. Hemos brindado con champán por sus premios (y algunos de los nuestros, también), hemos engullido bombones mientras leíamos relatos con los dedos manchados de chocolate, nos hemos reído hasta no poder seguir leyendo, hemos compartido libros fantásticos y chismes, y casi dos años de mucho trabajo literario en el que todos hemos crecido como escritores (y creo que también como personas).

Ninguno dudábamos de que el nuevo libro de Nacho iba a ser excepcional, porque, la verdad, no recordamos haber leído nada suyo que no sea muy bueno (si lo hay, lo tiene muy, pero que muy bien escondido...).

He leído "Sicilia, invierno" a saltos en cinco trayectos de metro en los últimos dos días. Cada uno me daba para aproximadamente dos cuentos y algo, de los once que forman el libro, más el anexo con notas. Cuando el metro llegaba a su destino y tenía que cerrar el libro, me resistía. Quería seguir caminando con él en la mano, leer un párrafo más, empezar ese nuevo cuento que me aguardaba donde había dejado el marcapáginas, protegido por una hoja salpicada de ramas, y cuyo título anticipaba otro mundo en el que sumergirse, en el que jugar con las leyes de Mendel, con tubos de pintura o pasear por el Retiro a horas intempestivas.

Esta tarde he llegado a casa buscando las llaves en el bolso con una mano, porque con la otra sostenía el libro mientras terminaba de leer el apéndice de notas, pequeñas pinceladas que clarifican el proceso creativo de cada relato. Enseguida me han entrado ganas de escribir. Unas ganas mastodónticas, compulsivas, como las de una yonqui a la que le falta la dosis. La buena literatura hace eso para mí: me impulsa a crear, a intentar alcanzar los límites más altos posibles, a superar a Nacho (el maestro) en un alarde de osadía, inconsciencia, narcisismo o fiebre, yo qué sé.

Así que ahora solo estoy esperando a terminar este post un poco panegírico y otro poco envidioso (a medias sano, a medias en proceso de curación) para lanzarme sobre la hoja en blanco y dejarla hecha un asco a base de letras y signos de puntuación. Y mañana, recomendar el libro a todo el que me pregunte. Porque es estupendo, y eso no lo digo porque yo sea del club de fans de Ignacio Ferrando.

11 de marzo de 2008

Impresiones a salto de mata sobre Roberto Bolaño

Confieso no haber leído nunca a Roberto Bolaño... hasta ahora. Hasta hace poco tampoco tenía referencias de primera mano sobre sus obras (que me son muy útiles para discriminar en la mesa de novedades y demás), y la fama escandalosa que está adquiriendo allende los mares, como casi siempre, me tiraba un poco para atrás.


Pero hete aquí que me encuentro ahora mismito leyendo su libro de cuentos "Llamadas telefónicas", y me está gustando muchísimo. Aunque tengo que decir que no me lo imaginaba así. Tampoco sé exactamente cómo me lo imaginaba, pero esos cuentos tan metaliterarios sobre escritores y concursos me han encantado. Todavía no estoy ni a la mitad del libro, pero promete, y mucho. Ya me están entrando ganas de leer más de él.

Creo que pensaba que sería más fantástico. Me pregunto por qué.

6 de marzo de 2008

Adquisiciones

Viva la ausencia de término medio: o me doy largas o me tiro cual tiburón blanco a dieta sobre la mesa de novedades.

Hoy he comprado la parte dos de la dichosa Nocilla. No la voy a leer de inmediato, porque ando terminando otras cosas y tengo pendiente un par para este mes, pero es probable que, cuando la coja, la liquide de una sentada (si es fácil de leer como la primera parte).




Por cierto, he leído por ahí que es más de lo mismo. Solo que ahora supongo que le habrán pagado bastante más. Veremos en qué queda la cosa. ¿Seguirá generando el mismo entusiasmo entre los críticos sesudos ansiosos de novedades? Se admiten apuestas.

3 de febrero de 2008

El hueco que deja el diablo, fragmento

5

JIM Y MARY

Mary y Jim con bañadores enteros en la playa atlántica de Coney Island. Cae la noche. Igual que para Tristán e Isolda. Raras veces un enamoramiento empieza de noche, cuando la pareja está sola. Para enamorarse hay que estar en compañía (llegado el caso, en compañía de las masas que por la tarde pisotean la playa), es decir, adaptar las debilidades a todas las demás. El momento siguiente, cuando los dos se quedan a solas, adquiere su sólida estática de la anterior presencia de los otros. En ese sentido, dice el ergonomista Dietmar Knoche, el amor es un producto social, el producto de una afortunada casualidad: dos personas derriban las barreras defensivas y, al mismo tiempo, oscilan al ritmo de los demás. ¿Lo consideraría usted un proceso improbable? Knoche contesta: Sí, siempre. Y cada vez.



Alexander Kluge, El hueco que deja el diablo

10 de enero de 2008

El castillo en el bosque, bis

Ya no puedo más.

Estoy harta de demonios y ángeles y grandes maestros diabólicos, y de nombres graciosos y un poco escatológicos para dios, de abejas, conversaciones interminables y aburridísimas sobre cómo cuidar una colmena, de miradas siniestras de niños de ocho años. Vamos, que lo dejo. En la página 180, más o menos. Ya he aguantado bastante.

Y el caso es que el principio estaba bien, era entretenida toda esa historia de los abuelos y padres y tíos y primos de Hitler, funcionaba, estaba bien contada. Eso sí: en cuanto apareció el diablo como narrador (cuando el narrador hasta el momento me había gustado tanto), se me desinflaron todas las expectativas. Fue como el famoso deus ex machina. Si el diablo es el que está moviendo los hilos, ya no vale, es hacer trampa.

El caso es que me ha recordado a algo que yo hubiera escrito hace años (salvando las distancias, claro). Una pequeña manipulación que me habría hecho gracia y que hasta me habría parecido una buena idea. Pero no hay como ver la paja en el ojo ajeno...

Así que me paso a Murakami. Tokyo blues. Ya os contaré.


3 de enero de 2008

De Nocilla hasta los codos

Me he pasado la mitad del año 2006 leyendo artículos, opiniones, comentarios sobre esta dichosa Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, y en un fin de semana, el último del año, me he ido a encontrar de pronto con las primeras opiniones de conocidos que habían leído el libro y con un ejemplar en mis manos.


Sentía cierto repelús ante la idea de comprarlo, ya se sabe que los críticos a veces se entusiasman con cada cosa... y ese afán de notoriedad que ha acompañado al libro (me niego a llamarlo novela, porque no me parece que lo sea) en su trayectoria me tiraba un poco para atrás, la verdad. Me había dicho a mí misma que esperaría hasta recibir una opinión de primera mano de alguien cuyo criterio valorase, y entonces decidiría si lo compraba o no... o si esperaba a que la biblioteca lo comprase (opción en general más recomendable para economías sumergidas en los vaivenes del euribor como la mía).

Un amigo al que he martirizado con mi curiosidad por el dichoso libro durante meses ha acabado por regalármelo, y por eso yo he acabado por leerlo. Justo cuando otra persona me había hablado mal de él y ya casi lo daba por descartado. Pero es que yo soy una curiosa impertinente (sí, impertinente), y en el fondo le tenía ganas, así que me lo he leído en un par de tardes y, la verdad, me ha gustado. No entusiasmado, pero después de tanto barullo y torbellino mediático, esperaba algo muchísimo peor. Ahora, ahora matizo.

Parece que, como la historia está ambientada en el extranjero (EEUU principalmente), eso genera de entrada cierta fascinación, "extrañamiento". ¿Funcionaría igual si la carretera de la que habla estuviera en el desierto de los Monegros y los personajes fueran de algún pueblo de Castilla, y tuvieran nombres como Manolo, Pepe o Lola? Me da que no.

Se le ha colgado el título de "nueva novela", "mejor novela", "novela del siglo XXI", pero oye, que no es una novela. Eso creo. Es más bien un conjunto de historias, como microcuentos (con todo lo imprecisa que es esa definición), microensayos, punchlines. Muchas palabras científicas como en los anuncios de detergente, para que compres lo que te venden.

La forma tampoco es innovadora, ahí a alguno se le ha ido la pinza. Me viene a la cabeza Perec con su "La vida instrucciones de uso". Por ahí he leído referencias a "Rayuela" (aunque esa sí que es una novela, y MENUDA novela) y a algo de Foster Wallace que no he leído. Tal vez se ha hablado de "revolución literaria" porque la innovación formal parece que estuviera de capa caída por estos lares --habría que ver dónde pone el ojo cada uno--, y un pequeño soplo de aire fresco se eleva a la categoría de un huracán de fuerza 5. No sé si todo se le va en la forma, si es un globo vacío. La forma sí que distrae mucho, al menos a mí, que me distraigo con nada.

Pero tiene su gracia, yo creo que se lee bien. A pesar de los saltos de lugar, tiempo, género, personajes, hay los suficientes elementos comunes como para seguir una cierta línea de continuidad (el desierto, los árboles, los zapatos colgados de ese árbol, todos los personajes que pasan por la US50 y por Carson City, que son casi todos, los coches americanos).

La única referencia local, a una gasolinera de Albacete, en realidad está disfrazada de americana. El personaje toca la guitarra eléctrica, hace bolas de papel para que rueden por la calle como en un pueblo del oeste, se le acercan las tres chicas surferas en su coche americano. Que sea Albacete es casi un chiste, porque no está hablando de nada local, y todas esas referencias a los "Dodge" y otras marcas tienen que ser intencionadas, aunque chocan con el imaginario rural común.

Resumiendo, que no está tan mal. No lo llamaría enésima maravilla literaria del mundo, pero a mí me parece que el engarce funciona. Aunque sería mejor que nadie se fiara de mi opinión, que yo para estas cosas soy muy parcial y un poco desastre.

27 de diciembre de 2007

Un poema de Reparación, de C.K. Williams

Confieso que no sé casi nada de poesía, que no sé analizarla y muchas veces tampoco comprendo lo que el poeta quiere decir. Pero con la poesía me pasa como con el arte moderno: me dejo llevar por las sensaciones que me provoca.

Así que dejo por aquí un poema que me ha provocado sensaciones diversas. Es de "Reparación", de C.K. Williams, recién editado por Bartleby Ediciones, y recién adquirido por mí (ayer mismo).


CRISTAL

Pensaba que ahora ya habría pasado,
como todo pasa antes o después, pero aún me ocurre

que cuando de repente me topo con mi imagen en un cristal, siento una especie de sacudida, un temblor. Miro rápidamente a otro sitio.

Últimamente, desde que murió mi padre y me acerco a su edad,
lo veo primero a él, y tengo que fijar bien la vista para reconocerme.

He llegado a pensar que mi preciosa singularidad se estaba diluyendo,
pero aún más duro, más cruel que eso, es la manera en que, cuando era joven,

creía cuando mirabas debías poner en ello sentido,
algo más serio, con mayor sustancia: me fijaba en mi pobre rostro

y pensaba, "Todavía no está ahí". Parece que aún lo hago.
¿Qué es lo que no está? ¿La belleza? No es probable. ¿Sabiduría? Menos.

¿Acaso vivimos o intentamos vivir con la intención de embellecernos?
Todo lo que veo por mi parte son los restos de mis otros rostros fracasados.

Pero puede que lo que busquemos sea justamente una mirada menos hiriente:
No un "Todavía no está ahí", sino algo así como "Ya llegará, tranquilo".


Y ahora in English, por eso de la versión original:


GLASS

I'd have thought by now it would have stopped,
as anything sooner or later will stop, but still it happens

that when I unexpectedly catch sight of myself in a mirror,
there's a kind of concussion, a cringe; I look quickly away.

Lately, since my father died and I've come closer to his age,
I sometimes see him first, and have to focus to find myself.

I've thought it's that, my precious singularity being diluted,
but it's harsher than that, crueler, the way, when I was young,

I believed how you looked was supposed to mean,
something graver, more substantial: I'd gaze at my poor face

and think, "It's still not there". Apparently I still do.
What isn't there? Beauty? Not likely. Wisdom? Less.

Is how we live or try to live supposed to embellish us?
All I see is the residue of my other, failed faces.

But maybe what we're after is just a less abrasive regard:
not: "It's still not there", but something like "Come in, be still".


(Inciso: me maravilla el idioma inglés con esas palabras tan pequeñas que son capaces de decir tanto. A veces me gustaría ser capaz de escribir en inglés, pero no lo domino lo suficiente).

Más de C.K. Williams y "Reparación" aquí, aquí, y aquí. Y un poema inédito (en inglés), aquí.

El castillo en el bosque

Llevaba unos cuantos meses oyendo hablar de este libro. Me parece recordar que, antes incluso de que saliera publicado en Estados Unidos, mientras Norman Mailer todavía lo estaba escribiendo, ya se hablaba de él. Y es que todos sabemos la atracción que despiertan en nosotros (me incluyo en el saco) ciertas figuras históricas, sobre todo las más oscuras. Porque este libro habla de Hitler, y de una hipótesis fantástica planteada por Mailer sobre su árbol genealógico.



Aún así, no pensaba comprármelo... todavía. Pero el caso es que ayer crucé "accidentalmente" la puerta de la Casa del Libro de la calle de Alcalá -qué eufemismo eso de "accidentalmente", cuando debería reconocer que nunca es accidental, sino que huelo la presencia de los libros cerca, y siempre encuentro alguna razón para engañarme a mí misma, traspasar la puerta y acabar comprando algo.

Andaba buscando el dichoso poemario "Reparación" de C.K. Williams, premio Pulitzer del 2000, que no conseguía encontrar en ningún sitio, y me dirigía ya a la caja con él, dispuesta a no mirar ni a izquierda ni a derecha para evitar más tentaciones, cuando me llamó la atención un ejemplar de "The castle in the forest" que alguien había dejado abandonado entre el "Seda" de Baricco y el último Matilde Asensi. Probablemente se trataba de alguien que había decidido no comprarlo en el último momento. Qué fácil excusa sería decir que me dio penita verlo allí tirado y que decidí adoptarlo.

El caso es que me lo llevé, y empecé a leerlo ayer mismo. Por fin una novela que tenía verdaderas ganas de leer. Es mi primer Mailer, no sé si podría haber empezado por otro más famoso o más reconocido, pero lo cierto es que, a pesar de que no he llegado más que a la página 40, ya me he dejado atrapar por ese narrador un poco tramposo, que cuenta las cosas en el orden que le conviene y que nunca llega a desaparecer del todo mientras habla de los antepasados de Hitler y no de sí mismo. Divertido, en un sentido que no tiene que ver con la risa, sino con el entretenimiento. Todavía me faltan otras 450 páginas, o así. A ver qué tal se da.

15 de diciembre de 2007

Seamos benévolos... pero sin pasarse

Ahora que estamos a final de año y es tradición recapitular, mirar hacia atrás sin ira y querernos los unos a los otros (con tono irónico), me he estado acordando de algunos de los temas que han hecho de este año un año “literariamente caliente”.

Un asunto que he seguido con especial atención ha sido la publicación en España de la archifamosa novela de Jonathan Littell ganadora del premio Goncourt francés del año pasado: Las benévolas. Llevaba hablándose de este libro desde el acontecimiento que supuso el premio ―no por lo monetario: la dotación es de solo un euro, sino por la repercusión mediática y por los editores que empezaron a frotarse las manos nada más conocer el nombre del ganador. Desde ese momento, se ha escrito tanto sobre esta novela que me ha dado pereza opinar yo misma.



Lo cierto es que creo que todo lo que se podía decir, se ha dicho ya, y mentes más preclaras que la mía han diseccionado la novela, han cogido sus páginas con pinzas para sumergirlas en soluciones estériles y analizarlas bajo el microscópico. Yo solo puedo decir que la leí a principios de año en su versión original francesa, y que, aunque me costó orientarme con tanta jerarquía militar de las SS, la Wehrmacht y demás, me gustó. No la llamaría “gran novela del siglo”, pero me gustó lo razonable. Punto.


Lo que pasa es que, cada vez que aparece un nuevo libro sobre uno de los acontecimientos más importantes de la historia moderna, de pronto todo el mundo parece volverse loco a base de comparaciones. La novela de Littell no habla del Holocausto nada más que tangencialmente. No hay personajes judíos de importancia, como en la mayor parte de las novelas y otras obras famosas que tratan el nazismo. Me estoy acordando, sin ir más lejos, de Si esto es un hombre, de Primo Levi, y de El hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl. Dos libros (una novela autobiográfica y un libro entre autobiográfico y de terapia) que tratan directamente con las experiencias tan dolorosas de los supervivientes. O como las memorias de
Władysław Szpilman (adaptadas para el cine en El pianista, de Roman Polanski), el cómic o novela gráfica Maus, de Art Spiegelman.

La ausencia de la visión de las víctimas es algo que se le ha echado en cara a Las benévolas, como si toda novela que trata de la II Guerra Mundial y del nazismo deba tratar ese tema y, más aún, deba tratarlo conforme a las convenciones que todos hemos aceptado al respecto. Pero un escritor debería ser libre para tomar la visión de las cosas que desee, o que más le interese desde el punto de vista literario.

Por otro lado, Littell ha tenido la buena o mala suerte de que la traducción de su novela al español haya coincidido con la edición de Vida y destino, de Vasili Grossman, otra novela sobre la II Guerra Mundial, esta vez vista desde la perspectiva de Rusia, que trata de forma mucho más cercana el sufrimiento.


Todavía no he leído la novela de Grossman, aunque la tengo en mi estantería y estoy deseando empezarla. Hasta que no la lea no me permitiré dar ninguna opinión, aunque estoy segura de que se trata de algo totalmente distinto a la obra de Jonathan Littell. Vida y destino ha tenido un éxito espectacular en España, al parecer sin excesiva promoción editorial. Dicen que esta novela es una gran novela del siglo XX, y que será recordada durante mucho tiempo. Algunos la comparan con Guerra y paz. Eso da un poquito de miedo, pero achaquémoslo al entusiasmo de los editores y los críticos, que a veces son como niños con zapatos nuevos. No dudo de que sea buena, es más, estoy convencida de que lo es, pero quien debe adjudicar el adjetivo de "grande" es el tiempo que, como ya sabemos, acaba por ponernos a todos en nuestro sitio.