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8 de diciembre de 2008

Proyectos



Hay que regar los proyectos. Cuidadosamente, como si se tratara de delicadas flores de invernadero, esas que cuando les da una corriente de aire se estremecen y te miran con ojitos lastimeros para que vuelvas a cerrar la puerta y enciendas la calefacción.

Hay que ser fiel al proyecto y no irse con la primera idea de la moleskine que te parece más atractiva que él, solo porque es nueva, porque la tienes menos vista que a ese pobre que te lo aguanta todo y al que tú también tienes que aguantarle lo suyo, porque la convivencia fácil, lo que se dice fácil, no es. 

Pero en el fondo, por mucho que despotriques del proyecto en los días con nubarrones, le quieres con locura, y por eso te has embarcado en esa relación de amor-odio que te sorbe el seso y te proporciona noches en vela en las que por mucho que te tapes la cabeza con la almohada, no deja de darte con su dedito en el hombro para advertirte que esa última idea que se te ocurrió mientras te lavabas los dientes es estupenda y deberías correr a apuntarla en la moleskine antes de que se te olvide y te pase como con aquella otra que te vino a la cabeza mientras ibais por la calle. Sí, esa que era tan buena que os costó una bronca de padre y muy señor mío y, a pesar de todo, has sido incapaz de recordarla.

Pero es mejor no apuntar nada en la moleskine, porque es tan tentadora como un calendario de bomberos nudistas, y el proyecto, que sabe lo débil que eres a veces, sobre todo cuando estás falta de sueño, se pone celoso y no quiere que te acerques a ella. A él debes consagrarle una libreta, una para él solo en la que viertas todo lo que se te pase por la cabeza, en la que compartas con él notas escritas con el primer bolígrafo que tenías a mano, post-it de colores mal pegados, tachones, hasta fotos y alguna que otra pegatina tonta que pusiste en la portada para acompañar a su nombre, porque a él le hacía ilusión y, para qué vas a engañarte, a ti también.

Quizá todo es tan emocionante y tan urgente porque tiene fecha de caducidad. Quizá por eso el proyecto a veces se pone tristón y llora un poquito, y no es porque no le hagas caso (si te pasas el día y la noche pensando en él, más de lo que nunca has pensado en Mr. Darcy y en Ewan McGregor juntos). No, a él le da pena que el tiempo pase, el montón de páginas aumente y se acerque inexorable el momento en el que pondrás el último punto y final, meterás las páginas en una carpeta y planearás unas vacaciones a algún resort en el Caribe para desintoxicarte de esa relación obsesiva que te ha esquilmado las meninges.

Pero a ti también te da pena esa sensación de destino, de lo que alguna vez acabará o se consumirá por sí solo, y le das cariñitos, y vuelves a ordenar los papeles y repasas con el lápiz el nombre en la libreta, porque el proyecto te necesita mucho, pero tú sabes que tú le necesitas aún más a él, aunque no se lo dices para que no se lo crea demasiado y se vuelva insoportable.

24 de noviembre de 2008

Por qué Mr. Darcy es y siempre será tan guapo

Me dispongo a comenzar un post especialmente dedicado a las mujeres. Pero no a cualquier clase de mujeres, sino a aquellas que, como yo, padecen de un fetichismo especial e incurable hacia ese orgulloso, elegante y dieciochesco personaje de Jane Austen llamado Mr. Darcy.

Y es que no importa que la buena de Jane le pusiera a su personaje estrella el horrible nombre de Fitzwilliam. Eso no es suficiente para arrancarle el aura de misterio, fascinación y elegancia que supura Mr. Darcy. No basta para ahuyentar esa imagen de hombre, yerno, cuñado ideal, para deshacer las fantasías de corte imperio en las que el apuesto Fitzwilliam acude a nuestro rescate cuando nos hemos caído en el campo y nos hemos torcido un tobillo (vale, eso es de otro libro de Jane, pero Mr. Darcy quedaría de vicio en esa escena, no me digáis).  No, no importa, y la razón fundamental es la que titula este post: Mr. Darcy es, y siempre será, taaaaan guapo.


Tampoco importa, por la misma razón, qué actor le interprete. Ya sea Laurence Olivier --siempre irresistiblemente británico (¡ay!, esas cejas. Esas magníficas cejas shakesperianas que se alzan irónicas, orgullosas, pétreas en el rostro noble del encantador aunque un poco frío y distante Mr. Laurence Darcy).




O que a un productor de Hollywood se le ocurra actualizar el clásico en el siglo XXI y piense que puede aportar algo más que el perfil no tan griego (al menos en el sentido clásico) y el aspecto algo más grunge pero decididamente irresistible de Matthew Macfayden (ay, ese flequillo caído, esas patillas despeinadas, ese pechito lobo que asoma por la camisa conveniente y británicamente desabrochada, ¡ay!).

Aunque el universo de los Mr. Darcy's tiene un dueño indiscutible, un Zeus del Olimpo que no cedería su trono ante los demás por mucho que le aparezcan vestidos con las levitas más hechas a medida, montados en los mejores caballos, o por mucho que sepan quitarse el sombrero con el gesto más elegante del planeta.

Y es que nadie sabe bañarse en el lago mejor que Colin Firth. Diría, incluso, sin temor de parecer exagerada, que a nadie le sienta tan bien el agua. Que se lo digan a la señorita Elizabeth Bennett. Ni Pemberley ni ocho cuartos: a ella lo que de verdad le pone a tono las meninges es la camisa mojada de Mr. Darcy.







11 de noviembre de 2008

Et tu, Bruto



Yo antes nunca lo hacía, lo juro. El libro que no terminaba de convencerme ni en el primer capítulo empezaba a mirarme desde la mesa o desde el estante con ojos doloridos de perrito abandonado (figuradamente, por supuesto) y yo acababa por ponerme blanda y plegarme a sus súplicas, y darle la galletita de las siguientes 20, 50, 100 páginas. Incluso acabar la última hoja y rascarle el lomo (figuradamente, por supuesto) y no dejarlo abandonado en cualquier esquina como si fuera un BookCrossing cualquiera.

Por supuesto, al mismo tiempo sentía cernirse sobre mi cabeza el dedo acusador de la Literatura Universal que, con su acento húngaro y su voz grave de barítono wagneriano, me susurraba al oído que nunca llegaría a leer todo lo que debería porque andaba perdiendo el tiempo con memeces varias.

No sé cómo todo aquello cambió. Cómo dejaron de gustarme las mascotas descarriadas y perdí la paciencia. Cómo mi yo templado y reflexivo dio paso a una lectora que se dejaba atrapar por la compulsión y el deseo oscuro e inconfesable de montar aquelarres en el parque más cercano, de prender hogueras sobre las que saltar con pértiga (figuradamente, por supuesto). 

Tal vez todo fue culpa de la Literatura Universal, ella, con sus ojos como platillos volantes en cuyas pupilas puedes leer los cuentos completos de Kafka. Aunque echarle la culpa puede que no sea más que cortar la cabeza del turco con una cucharilla para el café. 

El caso es que ahora ya no me dan pena esos libros que sollozan de madrugada en mi estantería porque la noche anterior decidí no seguir leyéndolos y les quité el marcapáginas. Ya no me dan pena sus ojitos de cordero degollado, su pegar saltos para acercarse a mí cuando me acerco yo a la estantería en busca de alguna novedad. Ya no me tiembla la mano cuando los cierro, cuando los escondo, cuando los relego a la última balda. En esos momentos la Literatura Universal aplaude con sus manos enormes que parecen mapamundis, me prepara un té caliente como a mí me gusta, con un chorrito de leche, y se pone a hacer calceta mientras yo me preparo para atacar la siguiente novela de Dostoievski que, por pereza o por vergüenza, nunca he conseguido terminar.

A veces, porque me siento rebelde o por hacerla rabiar, elijo el último de Chuck Palahniuk o hasta un Murakami, y espero a ver qué cara pone. Siempre me hace dudar, me despista canturreando un aria de Haendel mientras yo apuro las cuarenta, cincuenta primeras páginas. Justo entonces, a veces, levanta una ceja mientras teje la siguiente vuelta de la bufanda y yo en ese momento cojo el marcapáginas, lo arranco de los dientes del libro, que se resiste a su destino final entre sollozos e insultos inimaginables, y cierro las puertas del infierno. Me voy sin mirar atrás, como Orfeo, hacia la estantería, y la Literatura Universal apunta su enésimo acierto con letra de médico en su cuaderno Moleskine. Figuradamente, por supuesto.



La foto, por cierto, es de Hamlet. Hamlet y la cabeza de Horacio, el cariñoso osito de peluche que su padre le regaló cuando era pequeño, antes de que el sucio de Claudio lo asesinase (sic).

3 de noviembre de 2008

El frenesí creativo, esas novelas que no tendría que comprar y, por supuesto, el presidente de los EEUU

Hace unos días, Manu apuntaba en su blog a ese problema que tenemos los que intentamos escribir (no todos, pero bastantes): cómo ser prolífico y no morir en el intento. Daba el ejemplo de Ray Bradbury, que tenía que producir todo lo que podía en un sitio donde alquilaban máquinas de escribir por horas. Y yo me acordé de Georges Simenon, que escribía sus novelas del comisario Maigret en 11 días, sin parar ni un momento, ni siquiera a rascarse la nariz.

Después me vino a la cabeza el NaNoWriMo (National Novel Writing Month), un evento que consiste en un montón de gente que se pone a escribir una novela de mínimo 50000 palabras durante el mes de noviembre. ¿Frenesí creativo,o locura global? Hablo un poco más de ello en mi columna de esta quincena.

Creo que no todos somos susceptibles de ser poseídos por el mismo tipo de frenesí creativo. Creo que el modo de crear es terriblemente dependiente de la idiosincrasia de cada cual, de sus manías, de sus horarios y costumbres y, por supuesto, de sus posibilidades (tanto materiales como intelectuales). Admiro lo prolífico que es Bradbury, pero al mismo tiempo admiro la precisión matemática de Rulfo, que publicó tan poco, pero tan bueno.

Lo que no admiro en absoluto es la verborrea de Jed Rubenfeld y su infumable interpretación del asesinato. Ganas me dan de interpretar su asesinato, literariamente, por supuesto. Después de 50 páginas ya estaba a punto de que se me cayera el libro de las manos. Decidí darle 100 páginas más (tiene como 600). Todavía no he llegado a ese hito, pero estoy a punto de dejarlo anyway. Qué cambios de punto de vista más sensacionales (y más chapuceros) en medio de las escenas. Qué imagenes de Sigmund Freud tan tópicas. Qué narradores mezclados tan incoherentes. Qué trampas a cuenta del asesinato. Qué forma tan burda de intentar captar la atención del lector adelantándole con un narrador en tercera persona lo que el protagonista en primera no puede ver. Pfffff. Lo dejo pero ya.


Y claro, no puedo cerrar esta entrada sin hablar de las dichosas elecciones americanas. No sé si me alegro de que haya ganado Obama --al fin y al cabo, en lo que a nosotros y a nuestra pequeña porción del planeta concierne, dudo mucho que nada vaya a cambiar de forma sustancial. Pero hay que reconocer que los americanos sí que saben organizar unas elecciones. Aquí jamás podría pasar algo parecido. Y mucho menos lo de McCain ofreciendo su ayuda al nuevo presidente. Vamos, creo que me caería al suelo de la sorpresa si llego a verlo por estos lares.

26 de octubre de 2008

Mi reino por una almáciga

Resulta que el humor no es universal. Ni siquiera es local, sino personal e intransferible, particular y a veces, incluso, estacional. Lo que te hace gracia un día por influencia de los biorritmos, la primavera, el amor o incluso las copas, al día siguiente o al cabo de un rato te parece una estupidez supina. Las bromas con las que te desternillabas en el colegio te resultan ridículas cuando terminas la facultad y encuentras bobas las películas de Ben Stiller que divierten tanto a todo el mundo, pero te sigues riendo hasta el paroxismo con el sketch de las empanadillas de Martes y Trece, a pesar de que lo has visto decenas de veces.

Y lo peligroso que es pensar que el humor es universal cuando tienes que hacer un regalo. Cuando vas a una librería y compras “El color de la magia” de Terry Pratchett, con el que has pasado ratos de verdadero dolor de barriga, pides que te lo envuelvan y lo entregas con una sonrisa que enseña los dientes, porque es gracioso, muy gracioso, y ni se te pasa por la cabeza que la otra persona pueda echarle esa mirada que no llega a disimular del todo y que traiciona su impresión de que aquello le parece lamentable.

O el riesgo que entraña para la Amistad (con mayúsculas) el organizar una velada freakie para ver el "Rocky Horror Picture Show" o un maratón de los Monty Python y que se apunte algún colega más o menos despistado a quien no le haga gracia, y tú desternillándote con el resto de tus amigos freakies, y el otro/a con cara de poker, disimulando los bostezos y emitiendo alguna sonrisa tímida que otra, por eso de mimetizarse con la masa.



Aunque también puede suceder al revés, y que alguien te recomiende con todo su buen corazón el último de Eduardo Mendoza, que te lo leas y ni te arranque una sonrisa, y la única solución para quitarse de encima la incomodidad sea salir a la calle en plena noche, con luna llena a poder ser, y echar a correr despavorida gritando: ¡Nnnni!

20 de octubre de 2008

De premios planetarios y otros grandes misterios del universo

Otra vez tenemos aquí el premio Planeta. Qué pereza.

Vale que Fernando Savater no parece haberse hecho el sueco y acepta que el premio se lo han dado por ser quien es, y que hasta se lo han encargado (no sé si lo ha dicho explícitamente, pero tal vez ha dado la callada por respuesta). Vale que todo el mundo parece rumorear (otra cosa es creérselo) que Ángela Vallvey ha ganado el premio por la calidad de su obra y no porque alguien haya señalado a la ídem con el dedo en presencia del jurado --sucesos ambos no incompatibles, pero admitámoslo, con poca probabilidad de intersección.

El caso es que con el premio Planeta pasa todos los años lo mismo: los ganadores aparecen en los medios con una sonrisa boba que ilustra su nueva condición de millonarios (y carrera futura asegurada, en caso de que lo necesiten) y en todas partes empiezan a proliferar las críticas más o menos feroces (hasta viperinas) a las novelas premiadas, antes incluso de que estén en las librerías.

Y a mí todo esto me da una gran pereza y unas enormes ganas de tumbarme en el sofá con una mantita de cuadros, un té muy caliente y un novelón ruso y decimonónico que me quite de la cabeza pastiches romanticodetectivescos con ambientación en la Guerra Civil española (otra pereza enoooorme de estos últimos años) y políticamente correctos, por supuesto.

Ya puestos a pedir, a mí me gustaría que el premio Planeta lo ganase alguna vez un buenorro del calibre de Lenny K. (excelentemente ilustrado por Pat rizia) porque, ya que no me voy a deleitar con la obra, por lo menos así me podría deleitar (estéticamente) con el autor. Y es que no he comprado ningún premio P. en mi vida, y pienso continuar haciéndolo en plan buena costumbre, tan recomendable como comer fruta y hacer ejercicio: mens sana in corpore sano.


10 de octubre de 2008

La poética de Chema Madoz

Fragmento de una entrevista con el fotógrafo (artista, poeta) Chema Madoz, que aparece en el último número de Minerva, la revista del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Pego solo un trocito, pero la entrevista completa es fantástica, no tiene desperdicio:

Desde mi punto de vista, el color tiene una relación mucho más directa, más inmediata con la idea de realidad (que el blanco y negro). Al utilizar el blanco y negro se hace más patente que lo que se está mostrando es una representación, una especie de reelaboración de la idea de realidad, frente a la que se marca una cierta distancia; lo mostrado queda en un territorio mucho más abstracto, más ambiguo. Luego, desde un punto de vista meramente práctico, facilita el trabajo al reducir la paleta. Prácticamente todo el trabajo se basa en un ejercicio de reducciones, de intentar jugar con los mínimos elementos posibles y, en el caso del color o del blanco y negro, la elección es la misma: ir a ese blanco y negro casi de contraste, como del Yin y el Yang. De alguna manera, esa elección dota de más sentido al trabajo. Si usara color en las imágenes cambiaría la naturaleza del propio trabajo.



15 de septiembre de 2008

¿A quién leeremos ahora que David Foster Wallace ya no está?

Me lo pregunto desde ayer: ¿quién podrá ocupar el hueco que DFW deja en la literatura contemporánea? ¿Habrá alguien que se atreva a llamarse su sucesor, su igual, incluso su némesis?


¿O nos hemos quedado huérfanos de bromas infinitas, nosotros pequeños niños con el pelo raro?

10 de septiembre de 2008

La partícula de dios

Ayer, según algunos, era nuestra última noche en la Tierra. En el universo, tal vez habría que decir. No sé en qué la invertiríais, mis queridos lectores. Yo estuve planchando y me fui a dormir pronto, estaba muerta de sueño. No resultó una mala idea, ya que hoy a estas horas seguimos aquí, y me da que por bastante tiempo todavía.


xkcd.com


Cuando estudiaba la carrera, se hablaba de las partículas subatómicas como algo misterioso y extraordinario que solo podrías conocer si te apuntabas a la especialidad de Física Teórica (o similares), o si eras aficionado a la revista "Investigación y Ciencia" (donde periódicamente sacaban algún reportaje sobre los quarks, aunque de ninguno de ellos era posible extraer ninguna conclusión medianamente rigurosa, por eso de lo divulgativo, y por eso de que entonces no teníamos ni idea de casi nada que no fuera el gato de Schrödinger o la habilidad de Richard Feynman con los bongos brasileños).

La primera vez en que tuve la sensación de que estaba tocando "algo de lo que se cocía" fue en la Mecánica Cuántica de 4º de carrera (sobre todo con aquel problema especialmente motivado por usted --disculpad, chiste para entendidos o, mejor dicho, para sufridores). Y qué decir de la Teoría Cuántica de Campos de 5º, donde incluso aprendíamos los nombres y los spin de las dichosas partículas, y hasta cómo interactuaban para dar lugar al modelo electrodébil, en páginas y páginas de cálculos, hechos todos con letras (a ver qué os creíais; por eso digo que sin calculadora yo no soy nada), y muy a pesar del profesor titular de la asignatura, que era de la opinión de que ninguno de nosotros estaba capacitado para entender nada de aquello (sic, casi).

Qué tiempos aquellos...

El bosón de Higgs solo aparecía por las conversaciones de pasada. Como ese tipo que se ha colado en la fiesta de gorra y no quiere llamar demasiado la atención, no sea que alguien se dé cuenta de que está zampando emparedados y bebiendo cubatas gratis. 

Ahora dicen los del CERN que lo van a descubrir o, al menos, intentarlo. Habrá que estar al tanto, por eso de que igual nada resulta como habíamos creído o, todavía peor (¿?), justo como pensábamos. De momento yo les voy a desear que la fuerza les acompañe. 

La fuerza unificada, claro.

19 de julio de 2008

Desde lejos




Somos nosotros. Parece increíble, parece un montaje con bolas de papel maché y una cámara de vídeo de esas de Súper 8, vetustas. Pero no. Esa bolita parda que pasa casi como una exhalación es la Luna (en mayúsculas, porque es la única que tenemos, si es que la podemos llamar nuestra).

O, mejor que decir que somos nosotros, podemos decir que es ella. La Tierra. Porque a nosotros es imposible vernos desde esa distancia. Ni siquiera adivinarnos. Y haciendo zoom nosotros mismos hacia atrás, de pronto nos volvemos tan diminutos que abruma. Todo en medio de la oscuridad y del silencio más absoluto del espacio exterior.

Una lección de perspectiva.

26 de marzo de 2008

Letras de armas tomar

Ahora que estoy leyendo "Vida y destino", de Vasili Grossman (por cierto, una novela estupenda), me ha dado por pensar en lo buena que es la guerra... como recurso literario.

La literatura retrata al hombre (esto puede sonar un poco reduccionista: lo es; por conveniencia no quiero empezar una discusión sobre los propósitos de la literatura ahora. Tal vez en otro post). Hay muchas actividades que nos muestran cómo es el hombre (y la mujer, "compañeros y compañeras"), y la guerra es otra más de ellas. El concepto de lucha no es inherente a la humanidad (basta ver algunos documentales de La2), pero está claro que nosotros hemos perfeccionado la "técnica".

Y es en la guerra, por sí misma una situación de crisis, donde se manifiestan todas las pasiones humanas. La supervivencia, el ansia de poder, el miedo, el valor, la desesperación, el amor, la generosidad. No hace falta plantar al protagonista con un arma en la primera frase de la historia. La batalla en segundo plano también funciona. Y los efectos de la guerra. Menudo caldo de cultivo para el escritor.

Que se lo digan a Tolstoi y su batalla de Austerlitz, y su entrada del ejército francés en Moscú. Al celebradísimo y benévolo Jonathan Littell del año pasado. A Hemingway, que no solo escribió sobre ella, sino que también participó, como George Orwell y Gerald Brennan. A Irene Némirovsky, que además murió durante la guerra antes de terminar su estupenda "Suite francesa", algo que no le pasó de milagro a Primo Levi, que también sufrió sus efectos hasta su muerte. A Joseph Heller y su visión cómica de lo terrible en "Trampa 22", Graham Greene con su americano tranquilo, y cómo olvidarme, por dios, de "La Ilíada".

Que se lo digan a todos los escritores patrios que se han tirado como buitres sobre el ya un poco (para mi gusto) manido tema de la Guerra Civil. Y a los que están por venir y hablarnos de la guerra de Afganistán, de Irak, de Darfur.

Aunque, si uno se pone derrotista como Philip Roth, igual nos da por pensar que todas estas guerras que están por venir acabarán en la pantalla de algún cine o videojuego, y los escritores se quedarán (nos quedaremos, sic) perpetrando Nocillas varias, u otras cremas dulces o saladas para untar en rebanadas de pan francés recién hecho y acompañar con zumo de frutas exóticas.

La paz empieza nunca, dicen.

18 de marzo de 2008

¿Cómo saber si una historia merece la pena...

... cuando estás empezando a escribirla?


Es lo que me llevo preguntando más o menos desde septiembre, cuando decidí tirarme a la piscina con una historia "larga" (a la que todavía no oso llamar novela, aunque en mi fuero interno es lo que espero que sea, con el tiempo y el sudor de mi frente).

Está claro que ningún éxito pasado garantiza el éxito presente. Que lo que hayas hecho, semejante, hace diez años, no implica que ahora, en este momento, seas capaz de volver a hacerlo. Que la mano se pierde, se oxida, y cuando intentas volver a ponerla en marcha durante más de veinte folios, se resiente y acabas con tendinitis y dolor de hombro.

Está claro que es difícil prenderse con algo y seguir, y avanzar todos los días (cuando dos días de cada tres tienes que volver atrás, y revisar, y cambiar, y arrugar papeles, y tirarlos al contenedor de reciclaje, y tirarte de los pelos, y procrastinar viendo vídeos en YouTube y luego sentirte culpable por no estar haciendo lo que deberías). Está claro que hay que supervitaminarse y mineralizarse para adquirir la confianza necesaria para no abandonarlo todo al primer contratiempo.

Está claro que hay que creer mucho en una misma y tener mucha fuerza de voluntad para buscar horas en las que trabajar cuando no se vive de esto. Está claro que esta no es una actividad para todo el mundo, y no está nada claro que, aunque una crea que es lo suyo, lo sea de veras.

Ni siquiera está claro que después de casi siete meses con ello siga mereciendo la pena. O que la haya merecido alguna vez. Aunque está claro que alguna clase de pálpito hay, o que esto es una huida hacia delante. Tal vez.

Entonces, ¿hay algo que esté claro? Quizá esa es la gracia del asunto, y el camino consiste en averiguarlo.

19 de enero de 2008

Alucinaciones repetitivas en el metro de Madrid

Hace un par de días, iba en el metro leyendo "Tokyo blues" de Haruki Murakami, cuando leí esta frase:

A mano izquierda , vi una especie de almacén; también se vislumbraba la puerta del lavabo.

Por alguna razón (problablemente por la presencia del verbo "vislumbrar", que me saltó a la vista), me detuve, volví a releerla y luego me pregunté:

¿Cuántas veces en la historia se ha escrito una frase como esta? U otras parecidas como:

Se veía también la puerta del servicio.
Además podía verse la entrada al baño.
Atisbé la entrada al lavabo.

Podría seguir, al modo de Raymond Queneau y sus "Ejercicios de estilo".

El caso es que pasé un buen rato con el libro en la mano y mirando hacia la nada, preguntándome por la repetición, por la decisión de Murakami de que la frase fuera esa exactamente, y no otra. Por la posibilidad de escribir algo realmente auténtico, único... y por la posibilidad de certificar que lo es (en la práctica, inexistente). Por las ideas repetidas mil veces de la Biblia, el Código de Hammurabi, los mitos griegos, las tragedias de Shakespeare, los cuentos de los hermanos Grimm, el Beowulf, la historia de Genji, las novelas de Tolkien, las películas de Hollywood. Me pregunté por la necesidad de seguir diciendo cosas (y de que otros las digan, si ya han sido dichas mil veces), por la idea de que sí, han sido dichas mil veces pero parece que no las hemos interiorizado, o que siempre pueden renovarse, como se renueva nuestra sociedad.

No llegué a ninguna conclusión satisfactoria, porque esa conclusión también la han alcanzado otros antes: todo está dicho ya, pero no por nosotros. Creo que esa idea (por egocéntrica que suene) es lo que marca la diferencia: el que creamos (en nuestra finitud intelectual) que somos capaces de decirlo de otra forma. O, simplemente, que necesitemos decirlo y nos dé igual estar en la cima de una montaña enorme de ideas recicladas de nuestros antepasados.

En el fondo (y en la forma), este post no tiene el más mínimo interés: todo esto ya lo ha dicho alguien antes. Incluso podría haber sido yo ;-)

Por cierto, aunque solo llevo la tercera parte, el libro me está gustando mucho.

31 de diciembre de 2007

Deseos y deberes (literarios) para el 2008

1. Amarás la literatura sobre todas las cosas. Bueno, se permite que ames otras cosas, como la música, el cine, la comida o el sexo, pero cuidadín, no te vayas a despistar.

2. No tomarás el nombre de Proust (Faulkner, Auster, Gogol...) en vano.

3. Santificarás las fiestas y las aprovecharás para escribir la dichosa novela que no acabas de arrancar, en lugar de tumbarte a la bartola.

4. Honrarás a tu padre y a tu madre, y a tus amigos, y a tu perro, sobre todo cuando tengan que soportarte cuando te atasques con la historia y te sientas miserable y te preguntes por qué demonios crees que puedes escribir algo que merezca la pena y que aporte algo, cuando tienes por detrás toda una Historia de la Literatura (con mayúscula) que te mira amenazadoramente desde tus estanterías de Ikea.

5. No plagiarás, ni con la excusa de la metaliteratura.

6. No cometerás actos impuros con el objetivo de publicar tu libro (o bueno, tú verás).

7. No procrastinarás (aunque te tiente mucho esa serie de la tele que te acabas de bajar de la mula)

8. No harás que tu protagonista se despierte de un sueño al final de la historia, ni ocultarás información con fines fraudulentos, ni le harás trampas al lector.

9. No consentirás pensamientos ni deseos danbrownianos (ni en momentos de debilidad. No. No aceptamos domingo de resaca).

10. No codiciarás los premios literarios ajenos... o solo un poquito.

25 de diciembre de 2007

El arte de la fórmula

Hace un par de semanas se me llenó de pronto la cabeza de una palabra: fórmula. En medio de una clase del taller literario al que asisto, mientras un compañero leía su relato de la semana, me di cuenta de hasta qué punto estábamos (estoy) usando fórmulas a la hora de escribir.

Fue como una pequeña alucinación psicotrópica: durante un momento, el relato que tenía ante mí se transformó. De ser una sucesión de letras, palabras, frases, se convirtió en un montón de ecuaciones, cantidades, variables, que indicaban las medidas y porcentajes a utilizar: el planteamiento, el diálogo, los adjetivos, el conflicto, el cambio, los lugares comunes eran números negativos. Tuve la sensación inequívoca de que estábamos aprendiendo una matemática singular: la de la literatura. Y me sentí un poco asqueada. Tal vez porque la magia desapareció por un momento, igual que si miras a alguien que te gusta se te hincha el pecho, pero no querrías saber qué tiene dentro de su cavidad abdominal (aunque tú tengas lo mismo).

Puede que esta visión tan reduccionista que me asaltó tenga mucho que ver con mi mente analítica y mi "pasado científico". Puede que yo tienda a ver fórmulas y estructuras donde otros solo ven texto que fluye, mejor o peor. Pero creo que, a pesar de la exageración del momento, no iba muy desencaminada.

Y el caso es que esta sensación y las reflexiones posteriores me han llevado a desembocar en otro tipo de pensamientos respecto a mi producción "literaria" actual. De pronto tengo la sensación de que he subido una montaña (o una colina) y que ahora estoy limitándome a pasear por una meseta muy agradable, con mucha vegetación y pocas sorpresas. Vamos, que me he estancado. Esa me parece una palabra un poco excesiva, pero creo que es lo que subyace a esta sensación, este no sentir avance, ni hacia delante ni hacia atrás.

Percibo dimensiones verticales en mis textos que aún no rozo más que con la yema de los dedos. Lo mismo me pasa con el lenguaje: todavía no he llegado al punto de examinar cada palabra, cada frase, y reflexionar sobre si cumple su función o si debería cambiarla, o eliminarla. Cierto es que lo hago con muchas frases, pero muchas otras se me escapan, o quedan camufladas porque ejercen una función de informante menos trascendental.

Este curso me había puesto a mí misma un objetivo no desdeñable: complicarme la vida (literariamente) lo más posible. Explorar esos niveles de profundidad, subirme a la siguiente montaña. De momento estoy notando que lo que escribo me cuesta mucho más esfuerzo, pero no sé hasta qué punto estoy cambiando mi forma de abordar los textos. Creo que tengo que escribir más, y dejar pasar el tiempo, y entonces sabré si me he quedado tomando el sol en la meseta o si me duelen las pantorrillas de subir la siguiente montaña.