18 de marzo de 2008

¿Cómo saber si una historia merece la pena...

... cuando estás empezando a escribirla?


Es lo que me llevo preguntando más o menos desde septiembre, cuando decidí tirarme a la piscina con una historia "larga" (a la que todavía no oso llamar novela, aunque en mi fuero interno es lo que espero que sea, con el tiempo y el sudor de mi frente).

Está claro que ningún éxito pasado garantiza el éxito presente. Que lo que hayas hecho, semejante, hace diez años, no implica que ahora, en este momento, seas capaz de volver a hacerlo. Que la mano se pierde, se oxida, y cuando intentas volver a ponerla en marcha durante más de veinte folios, se resiente y acabas con tendinitis y dolor de hombro.

Está claro que es difícil prenderse con algo y seguir, y avanzar todos los días (cuando dos días de cada tres tienes que volver atrás, y revisar, y cambiar, y arrugar papeles, y tirarlos al contenedor de reciclaje, y tirarte de los pelos, y procrastinar viendo vídeos en YouTube y luego sentirte culpable por no estar haciendo lo que deberías). Está claro que hay que supervitaminarse y mineralizarse para adquirir la confianza necesaria para no abandonarlo todo al primer contratiempo.

Está claro que hay que creer mucho en una misma y tener mucha fuerza de voluntad para buscar horas en las que trabajar cuando no se vive de esto. Está claro que esta no es una actividad para todo el mundo, y no está nada claro que, aunque una crea que es lo suyo, lo sea de veras.

Ni siquiera está claro que después de casi siete meses con ello siga mereciendo la pena. O que la haya merecido alguna vez. Aunque está claro que alguna clase de pálpito hay, o que esto es una huida hacia delante. Tal vez.

Entonces, ¿hay algo que esté claro? Quizá esa es la gracia del asunto, y el camino consiste en averiguarlo.

5 comentarios:

manuespada dijo...

Buff, cómo te entiendo!!! Llevo empezando el mismo relato dos meses no le doy salida, sólo escribo y borro. Ánimo compañera, esto es duro pero no acabará con nosotros. Ahí está la gracia, como tú dices.

Jose C. dijo...

Me gusta la palabra "procrastinar". Para mi, escribir es "procrastinar".

Recaredo Veredas dijo...

No conozco la clave, pero creo que es importante detenerse cada x páginas, esconder lo escrito un par de semanas (como mínimo) y volver a leerlo. La cercanía no permite una distancia suficiente sobre lo leído. También es importante tener un par de buenos amigos, que tengan valor suficiente para decir la verdad, aun corriendo el riesgo de enfrentarse a un autor enojado. Suerte y saludos.

Paula dijo...

Al final lo que no te mata engorda, digo, te hace más fuerte-

Así que hay que imaginarse como Kurtz, con el cuchillo en los dientes (me vienen más a la cabeza las imágenes de Marlon Brando y Martin Sheen que las de ningún otro), y susurrar "el horror, el horror" delante de la página en blanco. Después, engullir un montón de galletas de chocolate y ponerse a teclear como una loca con los dedos pringosos. Lo que sea por seguir.

Recaredo, lo de los amigos me parece fundamental, porque una nunca llega a estar lo suficientemente lejos de lo que ha escrito. Pienso ponerlo en práctica en cuanto tenga una cantidad de material aceptable. Después, tal vez me dé al alcohol, o al chocolate, como decía.

Patricia Hoyos dijo...

Yo creo que hay historias que nos engañan, que no son lo que nos parecen cuando comenzamos a escribirlas. Cuántas veces me he perdido en algunas de ellas. No es fácil levantarse cuando has caido varias veces; ni creemos en espejismos que hemos llegado a ver realmente nítidos.
Sin embargo, la verdadera historia que nos merece la pena, al menos para el escritor que la crea, es la que le quema en las manos, la que no se va de la mente ni de día ni de noche, la que envenena la sangre y es capaz de no dejarte pensar en otra cosa.
Quizá, en ocasiones, no se tenga la seguridad de si esa historia que hemos empezado -como cuando intentas una relación- merece la pena. Pero el tiempo se encarga de que volvamos a ella, de no olvidarla.
No todas las historias que escribimos son iguales, y eso lo sabemos nosotros mejor que nadie. Cuestionarse nos ayuda a seguir escribiendo lo que dejamos sin terminar.