20 de noviembre de 2007

Que alguien salve a la novela (¿o no hace falta?)

Este fin de semana estuve leyendo y mascando el último artículo de Vicente Verdú para el suplemento Babelia: Reglas para la supervivencia de la novela, y haciéndome mi propia composición de lugar, y he comenzado la semana encontrando reacciones diversas ante dicho artículo. Todas negativas.

Por ejemplo, en Libro de Notas, un comentarista ha escrito su propio artículo-réplica, en un tono bastante exaltado, cuando menos, como si se hubiera sentido aludido en lo personal por Vicente Verdú. No me parece que sea para tanto, incluso la réplica me parece tan reduccionista (y pontificadora, oiga) como el artículo, porque reduce la novela a producto de entretenimiento. Es cierto que buena parte de lo que se publica lo es, y que la literatura tiene una función lúdica, pero de ahí a decir que no volvería a leer a Proust (¡Proust! nada menos. Ya querría el comentarista escribir una obra como En busca del tiempo perdido) porque le parece que su vida fue aburrida, me parece una desfachatez.

Cristina Núñez Pereira también lo comenta en su Espacio sobre Literatura, y las preguntas que lanza al aire me parece que van a dar en el blanco. En Moleskine Literario se lo han tomado con cierto humor (por eso de los decálogos, el pontificado, el subirse a un púlpito y reescribir cual Moisés los diez mandamientos). Y aún estoy esperando la reacción de Vicente Luis Mora, que se caracteriza por sus comentarios pensados y repensados y que sin duda le sacará chicha.

El caso es que a mí misma me ha costado leer con seriedad el decálogo ampuloso, dogmático (como todos los decálogos, por otra parte), que se ha sacado de la manga el señor Verdú. Cuando llegué al final, en el que habla de la ironía y de que los autores deben reírse de sí mismos, por un momento pensé que él mismo lo estaba haciendo, que todo aquel decálogo no era más que un juego metaliterario, una invención con la que pretendía provocar a los lectores para hacerles reaccionar como, en efecto, han (hemos) reaccionado.

Pero el caso es que no conozco de nada al señor Verdú, y no me siento imbuida de la suficiente profundidad psicológica para razonar que estaba bromeando, ya que su tono era tan serio. Así que partiré de una premisa que podría ser arbitraria (aunque tengo un 50% de posibilidades de acertar): el señor Verdú no bromeaba, y todas sus palabras han de ser leídas con la máxima atención y seriedad.

Vicente Verdú se queja de la desconexión entre la novela y el mundo real. ¿Quién escribe novelas cuyas escenas sean videos de YouTube, en las que los personajes se relacionen a través de MySpace, o dejen correr su flujo de conciencia en un blog? Pocos, desde luego. De momento es un juego, un artificio, y como tal, no fluye con naturalidad. Puede que necesitemos una generación más para que lo novedoso de ahora se asimile a la vida (aunque podríamos echarle en cara a la novela como género que no sea una punta de lanza del futuro). Pero me desvío del tema, solo porque he empezado por el segundo párrafo del artículo.

El señor Verdú habla de "los géneros" (la fantasía, la intriga) como recursos gastados que el novelista de raza no debería ni tan siquiera contemplar de soslayo. Los califica de "intríngulis" y reduce su valor literario al mínimo. Desprecia el impulso del autor por mostrar su mundo interior conforme a un canon propio que no se corresponda con la realidad necesariamente (y la literatura, ¿no es imaginación? ¿por qué debemos castrarla a una realidad horizontal, a lo que conocemos, a lo que somos, si precisamente a través de ella buscamos salirnos de nosotros mismos?).

En mi opinión, se contradice al postular que la lectura de la nueva novela "no buscará cuanto antes la revelación de la última página sino que paladeará cada párrafo a la manera de la slow food". Porque, si la novela ha de ser una criatura de su tiempo (este tiempo de fast food y de fast feelings, fast love, fast life), debería ser justo todo lo contrario. No me parecen compatibles el vagar en los océanos de la estética abstracta (punto 6 del decálogo) y, a la vez, el ceñirnos a la verosimilitud de la experiencia del autor (punto 9).

A lo mejor Vicente Verdú está hablando de algo que ya no es la novela. De otro género que está por venir y que tiene que ser descubierto todavía. Algo que combine la fragmentación con la belleza estética absoluta, con la ausencia de adaptación posible a medios visuales y, sin embargo, la cercanía, la verosimilitud, el meterse en los zapatos del autor. Y que tenga mucha ironía. Sobre todo eso. A ver quién se atreve a ponerle nombre a este nuevo género. Y a ver si Vicente Verdú nos pone algún ejemplo de su propia cosecha. Yo estaré al quite, por si acaso.

3 comentarios:

Jaime Miranda dijo...

Kerida gargajo. Hablo como lector inculto k te kgs k soy --Me encanta este escribir esemesero que se estila, pero permite que abandone-- cuando digo que el Sr. Verdú, cuyo artículo leí sólo al ver tu gargajo, puede ser que:
a)Sea un cachondo mental, cosa que no sería nada despreciable, y en realidad nos esté haciendo una crítica velada a la "novela" postmoderna que a mi modo de ver, se ha convertido en España --porque novelas posmodernas hay por todas partes—en la forma de agradar más a críticos que a compradores.
b)Tenga algo de razón. Vamos, seamos sinceros.
c)Esté constatando un hecho. La novela española que se premia y se publicita es como la que describe. No leo novela española ya. Me tknlhvs las evoluciones y cabriolas lingüísticas describiendo las emotivas vivencias del omnipresente y ególatra narrador de turno, que citando su artículo es “Lo propio de la literatura excelente[…], hoy más que nunca, la belleza y perspicacia de la escritura”
d)No esté de coña. El culto funerario como dice él, hace que novelas menos brillantes que la sque propone vendan los libros a kilos…. En este país, que es de todos nosotros, derechosos y rojazos, eso es que está prohibido. Si te conviertes en superventas eres una mierda (y seguramente lo seas, pero igual es que se te puede leer) Por eso lo que se vende aquí es a Dan Brown y no el material nacional. Por muy poco que nos guste Dan Brown…

En cuanto a lo de los videojuegos y las pelis, supongo que cuando se inventó la imprenta alguien se escandalizaría porque los libros iban a perder el fabuloso aspecto que tenían cuando sólo había copias miniadas por monjes medio ciegos. Adoro leer, y escribir, pero negar que los medios como el cine y los videojuegos son transmisores de cultura, por facilongos que sean, es negar la evolución, y si fuésemos capaces de explotarlos adecuadamente, la transmisión de conocimientos en muchas áreas sería más fácil. ¿O es que vale menos saber que la armada invencible se la pegó por haberlo aprendido en un video que en un libro?

Eso.

Paula dijo...

Sí, eso pensaba yo: que lo estaba diciendo en broma. Sin embargo, he leído algunos otros artículos suyos, también en Babelia, y no me ha dado nunca la impresión de ser particularmente chistoso... Por eso hacía mi suposición arbitraria de que hablaba en serio.

Toda la historia me recuerda terriblemente a la dichosa Nocilla (que no he leído, porque estoy esperando que alguien en cuyo criterio confíe me hable de ella en primera persona... o que la biblioteca de mi barrio la compre). Lo moderno es lo que mola (para los críticos), pero no es lo que la gente va leyendo en el metro (Marca y As aparte). Y lo que acaba en película o videojuego suele ser esto mismo (lo del metro, como Danielito Marrón y otros).

Respecto a los premios, en nuestro país ese asunto está tan revuelto... Se premia lo que conviene a las ventas. Lo que da pasta. Al margen de cualquier otro criterio (aunque, otra vez, eso suele coincidir con lo del metro, o al revés --¿fue antes el huevo o la gallina?).

Qué esquizofrenia, por dios.

Ar Lor dijo...

"Vicente Verdú se queja de la desconexión entre la novela y el mundo real. ¿Quién escribe novelas cuyas escenas sean videos de YouTube, en las que los personajes se relacionen a través de MySpace, o dejen correr su flujo de conciencia en un blog?"
Mejor no se puede decir.