Me dispongo a comenzar un post especialmente dedicado a las mujeres. Pero no a cualquier clase de mujeres, sino a aquellas que, como yo, padecen de un fetichismo especial e incurable hacia ese orgulloso, elegante y dieciochesco personaje de Jane Austen llamado Mr. Darcy.
Y es que no importa que la buena de Jane le pusiera a su personaje estrella el horrible nombre de Fitzwilliam. Eso no es suficiente para arrancarle el aura de misterio, fascinación y elegancia que supura Mr. Darcy. No basta para ahuyentar esa imagen de hombre, yerno, cuñado ideal, para deshacer las fantasías de corte imperio en las que el apuesto Fitzwilliam acude a nuestro rescate cuando nos hemos caído en el campo y nos hemos torcido un tobillo (vale, eso es de otro libro de Jane, pero Mr. Darcy quedaría de vicio en esa escena, no me digáis). No, no importa, y la razón fundamental es la que titula este post: Mr. Darcy es, y siempre será, taaaaan guapo.

Tampoco importa, por la misma razón, qué actor le interprete. Ya sea Laurence Olivier --siempre irresistiblemente británico (¡ay!, esas cejas. Esas magníficas cejas shakesperianas que se alzan irónicas, orgullosas, pétreas en el rostro noble del encantador aunque un poco frío y distante Mr. Laurence Darcy).

O que a un productor de Hollywood se le ocurra actualizar el clásico en el siglo XXI y piense que puede aportar algo más que el perfil no tan griego (al menos en el sentido clásico) y el aspecto algo más grunge pero decididamente irresistible de Matthew Macfayden (ay, ese flequillo caído, esas patillas despeinadas, ese pechito lobo que asoma por la camisa conveniente y británicamente desabrochada, ¡ay!).
Aunque el universo de los Mr. Darcy's tiene un dueño indiscutible, un Zeus del Olimpo que no cedería su trono ante los demás por mucho que le aparezcan vestidos con las levitas más hechas a medida, montados en los mejores caballos, o por mucho que sepan quitarse el sombrero con el gesto más elegante del planeta.
Y es que nadie sabe bañarse en el lago mejor que Colin Firth. Diría, incluso, sin temor de parecer exagerada, que a nadie le sienta tan bien el agua. Que se lo digan a la señorita Elizabeth Bennett. Ni Pemberley ni ocho cuartos: a ella lo que de verdad le pone a tono las meninges es la camisa mojada de Mr. Darcy.